soporte psicológicoDesde su primera conmemoración en 1988, el 1 de diciembre se celebra el Día Internacional de la Acción contra el Sida, momento que se aprovecha para hacer visibles los avances realizados contra la pandemia causada por la extensión de la infección del VIH. También para aumentar la conciencia en la prevención y tratamiento del Sida, así como mostrar el apoyo a las personas afectadas.

Según datos de la OMS, el VIH se ha cobrado ya más de 35 millones de vidas. En 2016 había ya 36’7 millones de personas infectadas por el VIH a nivel mundial. Solo en ese mismo año se produjeron 1’8 millones de nuevas infecciones y 1 millón de muertes por causas relacionadas con el virus. Viendo estos datos, parece evidente que este sigue siendo uno de los mayores problemas de salud pública en el mundo.

Pero, ¿sabemos qué es? El VIH, o virus de la inmunodeficiencia humana, es el virus causante del síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA). El sida es la fase más avanzada de la infección por el VIH, que puede tardar de 2 a 15 años en manifestarse con síntomas.

El origen del VIH se encuentra en una mutación del virus de inmunodeficiencia simia (VIS). Este fue transmitido a los humanos a través del contacto sanguíneo con un chimpancé en algún momento del siglo XX en África ecuatorial.

¿Cómo funciona? El virus VIH va destruyendo las células inmunitarias e impidiendo el funcionamiento normal de la inmunidad. Este hecho provoca que la persona caiga gradualmente en una situación de inmunodeficiencia. ¿Qué implica eso? Aumenta el riesgo de contraer infecciones, cánceres y enfermedades que, con un sistema inmunitario saludable, se podrían combatir.

Hemos hablado del impacto mundial del síndrome, pero, ¿se reparte de manera igualitaria? Definitivamente, no. África es la que se lleva la peor parte con, según datos de la OMS, 25’6 millones de personas infectadas en 2016. También se registran en ese continente casi dos tercios de las nuevas infecciones por el virus en el mundo.

También vale la pena mencionar los grupos de población que, independientemente de dónde se localicen, corren un mayor riesgo de infección. Estos merecen especial atención: hombres que tienen relaciones homosexuales, consumidores de drogas inyectables, personas recluidas (como presos), los trabajadores sexuales y sus clientes, así como los transexuales.

Sabiendo todo esto, debemos enfatizar la importancia, por una parte, de los programas de prevención. Son básicos para la concienciación sobre las consecuencias de las conductas de riesgo. Por otra parte, son esenciales los programas de detección precoz. Estos permiten saber mediante unos análisis rápidos si uno está infectado y poder así iniciar el tratamiento necesario lo antes posible.

Nuestros esfuerzos tienen que ir dirigidos sobre una mayor eficacia de esos programas tan útiles. También a reducir los estigmas que envuelven este síndrome, los cuales muchas veces están fomentados por mitos infundados que aumentan el miedo de las personas infectadas a ser rechazadas o a no poder llevar una vida normal. Eso puede dificultar y retrasar el diagnóstico.

Y por último, es muy importante la adherencia al tratamiento. Si los afectados toman los fármacos antirretrovirales indicados en estos casos, pueden cambiar una enfermedad potencialmente mortal por una enfermedad crónica.

Aún nos queda mucho por hacer en esta materia y es un reto que podemos asumir como sociedad, ya que mucho de lo que podemos hacer está en nuestras manos.

“El sida puede considerarse también una enfermedad conductual en la medida en que sus mecanismos de transmisión son comportamientos que pueden evitarse” (Bayés, 1995).

 

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