Calles iluminadas, escaparates de comercios decorados, mercados temáticos, villancicos en la radio, anuncios de juguetes o preparación de comidas típicas, son algunos de los elementos que nos indican que la Navidad está cada vez más cerca. Sobre estas fechas, las personas experimentan una serie de emociones divergentes que van a depender de sus experiencias recientes, relaciones familiares o los obstáculos que están transitando en la actualidad.

Desde la psicología de las emociones, la felicidad es entendida como un estado de ánimo que depende de la actitud interior de las personas, y no de los otros que les rodean o de las normas sociales. Pensar que hay que vivir la Navidad desde una posición de alegría es rígido porque cada persona tiene su momento vital y debe ser respetado.

En la infancia solemos vivir, según el contexto o la sociedad, las fiestas como algo mágico, bonito y muy excitante. Cuando nos hacemos mayores, la pérdida de personas queridas, las separaciones o distanciamientos, el estar lejos de la familia, los problemas económicos, son algunos de los motivos que pueden hacer que en estos días de compartir, dar y recibir, se exacerben las emociones negativas con respecto al resto del año. En estos casos, lo mejor que podemos hacer es:

  • Identificar cómo nos sentimos (alegres, tristes, melancólicos, iracundos, etc.)
  • Comprender nuestro estado de ánimo, es decir, encontrar el motivo que nos hace sentir así.
  • Regular nuestras emociones, intentando adaptarnos a cada situación, sin que esto implique, camuflar nuestro estado de ánimo.

Por tanto, de cara a las fiestas se plantean algunas sugerencias:

  • Respetar las emociones y sentimientos de cada persona. Son individuales y muchas veces, circunstanciales. El presionar a que los demás se sientan de una u otra manera, acaba generando que se aparten y rechacen cada vez más las fiestas navideñas.
  • No emitir juicios, pues cada persona vive sus emociones y situaciones de acuerdo a sus valores y creencias.
  • Promover el ser auténticos y asertivos, expresando lo que pensamos y sentimos sin herir a los demás o descalificar sus opiniones, de esta forma se evitan conflictos y se promueve la unión familiar.
  • Relativizar, es decir, no darle a estos días más importancia de la que realmente tiene para cada persona. No se necesita de Navidad para reunirse con los seres queridos, tener un detalle con una persona estimada o solucionar un conflicto pendiente.
  • Por último, darse la oportunidad de tener una actitud distinta para que esta Navidad sea diferente y observar qué pasa. Después de todo, “la mitad de la belleza depende del paisaje; y la otra mitad de quien lo mira”.

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